SESIÓN 1 - EL INICIO

 

Sesión 1

TIPOS DE INICIO DE UN RELATO.

 

Todo es comenzar.

También a la hora de escribir.

Y parafraseando a Tolkien, es peligroso escribir: vas poniendo una palabra detrás de otra y de que te das cuenta, has generado una historia.

El comienzo de un texto es importante así por dos cuestiones (y no sé cuál de ellas, sinceramente, tiene más peso):

·         Para el lector, es la forma que tiene el autor de atraparlo. La tarjeta de presentación del texto. Todo en el inicio debe estar cuidado, pesado, medido… porque pocas partes van a tener la misma importancia.

·         Para el propio autor, es el aliciente principal. Ponerse en marcha y ver que tus ideas empiezan a tener cuerpo. El empujón inicial para ponerse manos a la obra.

 

Tipología clásica de inicios:

·         Ab initio – empezamos la historia de forma cronológica; presentando la historia que vamos a contar desde su principio.

·         In media res — la historia arranca a mitad de la trama. En medio de un suceso que luego se continua narrando. El autor debe contar entonces, de algún modo, cómo se ha llegado a ese punto.

·         in extrema res — Se comienza por el final (o casi en el desenlace). Toda la historia no hace por tanto sino contar cómo se ha llegado hasta ese punto.

 

Aunque podemos hablar de otra tipología de inicios diferente:


-Sorpresa — Una expresión, un guiño que ocasione cierta sorpresa al lector.

 

El teniente de navio Louis Quelennec, de la Marina Imperial francesa, está a punto de figurar en los libros de Historia y en este relato, pero no lo sabe. De lo contrario, sus primeras palabras al amanecer el 29 de vendimiario del año XIV, o sea, el 21 de octubre de 1805, habrían sido otras.

—Hijos de la gran puta. A. Pérez-Reverte, Cabo Trafalgar.

 

-Historia que contiene otra historia. Esto otorga cierta credibilidad añadida a la historia que se va a contar. El autor presenta la historia como algo que a él le han contado o ha leído; que a él, de algún modo, le ha llegado ya hecho. Con este artificio el escritor se sitúa más en el papel de cronista que en el de creador.

El 16 de agosto de 1968 fue a parar a mis manos un libro escrito por un tal abate Vallet. Le manuscript de Dom Adson de Melk, traduit d'apres l'édition de Dom J. Mabillon (Aux Presses de l' Abbaye de la Source, París, 1842). El libro, que incluía una serie de indicaciones históricas en realidad bastante pobres, afirmaba ser copia fiel de un manuscrito del siglo XIV, encontrado a su vez en el monasterio de Melk. U. Eco, El nombre de la rosa.

 

Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero. Relájate. Recógete. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida. Dilo en seguida, a los demás: «¡No, no quiero ver la televisión!» Alza la voz, si no te oyen: «¡Estoy leyendo! ¡No quiero que me molesten!» Quizá no te han oído, con todo ese estruendo; dilo más fuerte, grita: «¡Estoy empezando a leer la nueva novela de Italo Calvino!» O no lo digas si no quieres; esperemos que te dejen en paz. Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero.

 

-Vida cotidiana del personaje — Se presenta una situación llena de normalidad que precede al cambio dramático, que será cuando se presente el problema. Mucho mejor si este llega pronto (es mejor no divagar mucho ni recrearnos en los detalles). Este tipo de inicio permite empatizar con el personaje, destacando que es alguien normal, con una vida como la de todos.

 

Cuando me despierto, el otro lado de la cama está frío. Estiro los dedos buscando el calor de Prim, pero no encuentro más que la basta funda de lona del colchón. Seguro que ha tenido pesadillas y se ha metido en la cama de nuestra madre; claro que sí, porque es el día de la cosecha. Suzanne Collins, Los juegos del hambre.

 

En un agujero bajo la montaña vivía un hobbit. J.R.R. Tolkien, El hobbit

 

Un grupo de monjas cruzó la carretera. Sus almidonados griñones se agitaban a ambos lados de la cabeza como alas de grandes aves marinas. Cuando atravesaron las imponentes puertas de piedra de la ciudad, gallinas y gansos se apartaron con presteza de su camino aleteando y chapoteando en los charcos de barro. Todas las mañanas, las monjas se desplazaban en la niebla oscura que envolvía el valle y, en parejas silenciosas, se dirigían colina arriba hacia el lugar donde sonaba la campana. K. Neville, El ocho.

 

Plinio llegó al casino de San Fernando con tiempo sobrado para tomarse el café tranquilo y asistir al entierro de Menandro Almortas, con todos los requilorios previos tales como pláticas de cuerpo presente, salutación de huérfanos, cigarros condolientes, bostezos oratorios y alguna cabezadilla hasta escuchar el réquiem. Y menos mal que estaba la tarde toldilla y amenguada la calentura que nació con el día, porque tal y como se habían puesto las cosas, no había más remedio que ir andando al cementerio como en los tiempos del alcalde Contento. F. García Pavón, Voces en Ruidera.

 

Eran las siete de una tarde muy calurosa, en las colinas de Seeonee, cuando Padre Lobo despertó tras dormir todo el día. Se rascó, bostezó y una tras otra fue estirando sus zarpas para librarse del entumecimiento que sentía en las puntas. Madre Loba yacía con su enorme hocico gris sobre sus cuatro cachorros, revoltosos y chillones, y la luz de la luna penetraba por la entrada de la cueva donde vivían todos ellos. R. Kipling, El libro de la selva.

 

-Contar el final  (el clásico in extrema res). Luego se requiere el Flash back o alguna otra forma de ir contando al lector el modo en el que se ha llegado a esta situación.

 

El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. G. García Márquez, Crónica de una muerte anunciada.

 

-En medio de la acción. El relato comienza en medio de una acción rápida, preferiblemente si es trepidante.

 

Desde lo alto de la loma, haciendo visera con una mano en el borde del yelmo, el jinete cansado miró a lo lejos. El sol, vertical a esa hora, parecía hacer ondular el aire en la distancia, espesándolo hasta darle una consistencia casi física. La pequeña mancha parda de San Hernán se distinguía en medio de la llanura calcinada y pajiza, y de ella se alzaba al cielo una columna de humo. No procedía ésta de sus muros fortificados, sino de algo situado muy cerca, seguramente el granero o el establo del monasterio.

Quizá los frailes estén luchando todavía, pensó el jinete. A. Pérez-Reverte, Sidi

 

No quiero que me maten esta noche, pensó Lorenzo Falcó.

No de esta manera.

Sin embargo, estaba a punto de ocurrir. Los pasos a su espalda resonaban cada vez más cercanos y rápidos. Sin duda tenían prisa por alcanzarlo. Había escuchado el grito del enlace al caer en la oscuridad, a su espalda, desde el mirador de Santa Luzia, y el golpe del cuerpo al estrellarse contra el suelo quince o veinte metros más abajo, en una callejuela oscura del barrio de Alfama. Y ahora iban a por él, en busca del trabajo completo. De rematar la faena. A. Pérez-Reverte, Eva.

 

Una muchedumbre enfurecida, hirviente y vociferante de seres que sólo de nombre eran humanos, pues a la vista y al oído no parecían sino bestias salvajes, animados por las bajas pasiones, la sed de venganza y el odio. La hora, un poco antes del crepúsculo, y el lugar, la barricada del Oeste, el mismo sitio en que, una década después, un orgulloso tirano erigiría un monumento imperecedero a la gloria de la nación y a su propia vanidad.

Durante la mayor parte del día la guillotina había desempeñado su espantosa tarea: todo aquello de lo que Francia se había jactado en los siglos pasados, apellidos ancestrales y sangre azul, pagaba tributo a su deseo de libertad y fraternidad. Que a últimas horas de la tarde hubiera cesado la carnicería únicamente se debía a que la gente tenía otros espectáculos más interesantes que presenciar, un poco antes de que cayera la noche y se cerraran definitivamente las puertas de la ciudad. E. de Orczy, La pimpinela escarlata.

 

-Incomprensión. Comenzar de un modo extraño, que genere confusión en el lector. Se trata de crear interés a partir de la pregunta ¿Dónde quiere ir a parar esto?

 

«Salutem ex inimicis nostris, et de manu omnium, qui oderunt nos». El canto de laudes, resonando en las bóvedas del templo, se apodera obsesivamente de mis pensamientos. Mil veces antes, cada mañana de mi vida desde el noviciado, he repetido esta misma estrofa ―para salvarnos de nuestros enemigos y de la mano de los que nos odian― y nunca antes ha suscitado en mí la emoción que ha provocado en esta templada madrugada. M. Lozano. El Calígrafo.

 

Me llamo Stephen Leeds, y estoy completamente cuerdo. Mis alucinaciones, sin embargo, están todas bastante locas.

Los disparos procedentes de la habitación de J. C. estallaban como fuegos artificiales. Renegando para mis adentros, cogí los protectores para los oídos que colgaban de su puerta (había aprendido a dejarlos allí) y entré. J. C. llevaba puestos sus propios protectores, sostenía la pistola con las dos manos y apuntaba a una foto de Osama bin Laden que había en la pared.

Sonaba Beethoven. Muy alto.  Brandon Sanderson. Legión y el alma del emperador.

 

-Plantear un misterio//Enigma — En este caso, se trata de presentarle al lector un misterio sobre el cual va a girar la trama.

 

Jacques Saunière, el renombrado conservador, avanzaba tambaleándose bajo la bóveda de la Gran Galería del Museo. Arremetió contra la primera pintura que vio, un Caravaggio. Agarrando el marco dorado, aquel hombre de setenta y seis años tiró de la obra de arte hasta que la arrancó de la pared y se desplomó, cayendo boca arriba con el lienzo encima.

Tal como había previsto, cerca se oyó el chasquido de una reja de hierro que, al cerrarse, bloqueaba el acceso a la sala. El suelo de madera tembló. Lejos, se disparó una alarma.

El conservador se quedó ahí tendido un momento, jadeando, evaluando la situación. «Todavía estoy vivo.» Se dio la vuelta, se desembarazó del lienzo y buscó con la mirada algún sitio donde esconderse en aquel espacio cavernoso.

—No se mueva —dijo una voz muy cerca de él.

A gatas, el conservador se quedó inmóvil y volvió despacio la cabeza. A  sólo cinco metros de donde se encontraba, del otro lado de la reja, la imponente figura de su atacante le miraba por entre los barrotes. Era alto y corpulento, con la piel muy pálida, fantasmagórica, y el pelo blanco y escaso. Los iris de los ojos eran rosas y las pupilas, de un rojo oscuro. El albino se sacó una pistola del abrigo y le apuntó con ella entre dos barrotes.

—No debería haber salido corriendo. —Su acento no era fácil de ubicar—. Y ahora dígame dónde está.

—Ya se lo he dicho —balbuceó Saunière, de rodillas, indefenso, en el suelo de la galería—. ¡No tengo ni idea de qué me habla!

—Miente. —El hombre lo miró, totalmente inmóvil salvo por el destello de sus extraños ojos—. Usted y sus hermanos tienen algo que no les pertenece.

El conservador sintió que le subía la adrenalina. «¿Cómo podía saber algo así?»

D. Brown. El Código Da Vinci.

 

Cuando abrieron la puerta de la celda, con el chorro de luz y un golpe de viento entró también el ruido de la calle que los muros de piedra apagaban y Roger se despertó, asustado. Pestañeando, confuso todavía, luchando por serenarse, divisó, recostada en el vano de la puerta, la silueta del sherijf. Su cara flácida, de rubios bigotes y ojillos maledicentes, lo contemplaba con la antipatía que nunca había tratado de disimular. He aquí alguien que sufriría si el Gobierno inglés le concedía el pedido de clemencia.

—Visita —murmuró el sherijf, sin quitarle los ojos de encima.

Se puso de pie, frotándose los brazos. ¿Cuánto había dormido? Uno de los suplicios de Pentonville Prison era no saber la hora. En la cárcel de Brixton y en la Torre de Londres escuchaba las campanadas que marcaban las medias horas y las horas; aquí, las espesas paredes no dejaban llegar al interior de la prisión el revuelo de las campanas de las iglesias de Caledonian Road ni el bullicio del mercado de Islington y los guardias apostados en la puerta cumplían estrictamente la orden de no dirigirle la palabra. El sherijf le puso las esposas y le indicó que saliera delante de él. ¿Le traería su abogado alguna buena noticia? ¿Se habría reunido el gabinete y tomado una decisión? Mario Vargas Llosa, El sueño del celta.

 

-Personajes en medio de un dilema o decisión. Parecido a plantear un misterio, aunque en este caso lo que se presenta es un problema o dificultad que los personajes deben superar o resolver. Si hay discrepancias entre ello se añade un interés extra.

 

-Frase apoteósica. Arrancar el relato con una frase filosófica, para enmarcar. Mucho  mejor todavía si es una frase que pueda condensar toda la historia.

 

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos. La edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero nada teníamos, íbamos directamente al cielo y nos perdíamos en sentido opuesto. Ch. Dikens, Historia de dos ciudades.

 

Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz lo es a su manera. L. Tolstoi, Ana Karenina.

 

- Lugar simbólico. Descripción de un lugar llamativo, con alto contenido para la historia.

El salón estaba desierto. El Despacho Oval ocupa el extremo sudeste del ala oeste de la Casa Blanca. Tiene tres accesos: uno desde la oficina de la secretaria privada del Presidente, otro desde la cocina, que, a su vez, da paso al estudio presidencial, y el tercero desde un pasillo, frente a la entrada del Salón Roosevelt. El despacho es de medianas dimensiones para tratarse de tan alto funcionario: es común escuchar a los visitantes decir que esperaban algo más grande. El escritorio presidencial está colocado frente a gruesas ventanas de policarbonato, a prueba de balas, que distorsionan el panorama de los jardines. La madera viene del HMS Resolute, una nave británica que se hundió en aguas de Estados Unidos. T. Clancy, Peligro Inminente.

 

El pueblo de Holcomb está en las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas, una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman «allá». A más de cien kilómetros al este de la frontera de Colorado, el campo, con sus nítidos cielos azules y su aire puro como el del desierto, tiene una atmósfera que se parece más al Lejano Oeste que al Medio Oeste. El acento local tiene un aroma de praderas, un dejo nasal de peón, y los hombres, muchos de ellos, llevan pantalones ajustados, sombreros de ala ancha y botas de tacones altos y punta afilada. Truman Capote, A sangre fría.

 

-Momento vital. Se presenta un momento importante de la vida del protagonista. Uno que va a marcar el relato o que lo encuadra.

 

Conocí a Dean poco después de que mi mujer y yo nos separásemos. Acababa de pasar una grave enfermedad de la que no me molestaré en hablar, exceptuado que tenía algo que ver con la casi insoportable separación y con mi sensación de que todo había muerto. Con la aparición de Dean Moriarty empezó la parte de mi vida que podría llamarse mi vida en la carretera. Jack Kerouac, En el camino.

 

Cuando se acercaba a los trece años, mi hermano Jem sufrió una peligrosa fractura del brazo, a la altura del codo. Cuando sanó, y sus temores de que jamás podría Volver a jugar fútbol se mitigaron, raras veces se acordaba de aquel percance. El brazo izquierdo le quedó algo más corto que el derecho; si estaba de pie o andaba, el dorso de la mano formaba ángulo recto con el cuerpo, el pulgar rozaba el muslo. A Jem no podía preocuparle menos, con tal de que pudiera pasar y chutar. Harper Lee, Matar a un ruiseñor.

 

—Requisitos de un buen inicio.

“Solo hay una ocasión para causar una buena primera impresión”.

Recuerda: si tu arranque no atrapa al lector en el primer momento, seguramente acabe dejando la lectura. Un lector perdonará un mal capítulo porque si la historia le engancha, querrá saber más. Pero jamás perdonará un mal comienzo. Porque no llegará a engancharse.

 El inicio de nuestra obra sirve por tanto para:

·         Dar el tono de la obra (importante no defraudar)

o   En el ritmo que tendrá

o   En vocabulario, estilo…

o   En el tipo de narración

·         Prometer y generar curiosidad: genera interés, atrapa al lector.

·         Situar al lector. Le da un encuadre a la historia: un período, un lugar…

Si una parte del relato debe estar bien cuidada, esa es precisamente el inicio. A él debemos dedicar más tiempo.

 

—Algunos consejos.

·         Déjalo reposar, avanza en la lectura, olvídate de él durante un tiempo, y regresa luego para leerlo “fresco”: como lo haría el lector.

·         Lee tu comienzo en voz alta.

·         Piensa muy bien la voz que vas a utilizar (dedicaremos una sesión a ese tema).

·         Plantéate. ¿Hay frases o palabras que sobran? ¿Causaría el mismo efecto sin ellas? Recortad sin compasión. Sobre todo en el inicio.

 

—Y otras cosas a evitar

·         Tardar mucho en entrar en materia, recrearse demasiado en descripciones y presentaciones o dando vueltas a cosas poco importantes.

·         Ofrecer un exceso de datos o no encuadrar lo suficiente. Hay que ser moderados

·         Cuidado con los clichés y momentos hechos.

·         No hay que desvelar demasiado. Dosifica la información durante toda la obra, sobre todo al inicio.

 

Un ejercicio maravilloso: Las dos perspectivas. El submarino del Narco, de F. Supervielle.

 

En su novela El submarino del narco, Federico Supervielle nos muestra casi al comienzo del libro el hundimiento de un barco, que es torpedeado desde un submarino. En la novela, el autor cuenta la historia desde la perspectiva del barco en superficie: como descubren el submarino, ven llegar el torpedo, sienten la explosión… Pero para promocionar el libro, el autor ofrece en su sitio web una segunda visión del mismo hecho: la narración desde el submarino. Cómo se saben descubiertos, cómo  deciden lanzar  el torpedo…

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