SESIÓN 1 - EJERCICIOS

 Y ahora.... ¡A escribir!

EJERCICIO 1. Piensa en un libro que te guste. Y reescribe su inicio (el primer párrafo) de una manera diferente. Pero que sirva para esa misma obra.

EJERCICIO 2. ¡Atrapa al lector! Escribe un par de párrafos que nos atrapen. Que generen ganas de saber más. No nos cuentes más (ya seguiremos escribiendo), por ahora solamente consigue que queramos seguir leyendo. (no nos vamos a enfadar si nos dejas a medias).

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Comentarios

  1. EJERCICIO 1.
    Hay alumnos y alumnos. Eso, para bien o para mal, es algo que cualquier profesor aprende a los cuatro días de pisar un aula: que hay pupilos a los que olvidaremos en apenas semanas y otros a los que se acabará recordando durante muchos años. Más todavía si tienen, como pasaba con Felicidad Corrales, una historia demasiado trágica detrás.

    Porque desde luego, si hay un nombre mal puesto —uno que poco tiene que ver con quien lo lleva— ese era sin duda alguna el de la señorita Corrales. A la que siempre, al menos después de saber su historia, me costó trabajo llamar por su nombre de pila y referirme a ella como Felicidad.

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  2. EJERCICIO 1
    Reescribo el comienzo de Susanna Tamaro, Donde el corazón te lleve.
    He decido escribirte, al ver esta mañana la rosa, tu rosa, he decidido escribirte.
    Llevo días intentando llamarte, pero no soy capaz de realizar la llamada. ¿Debo o no debo?
    Te regalé El Principito cuando tenías 10 años. Te lo regalé por las notas que habías sacado. Una mañana me dijiste que querías tener una rosa, una rosa tuya, una rosa a la que cuidar. Más adelante, en conversación, me pediste al zorro. Eso sí que no. Discutimos. El acuerdo fue Buk, nuestro perro.
    Ahora que estoy enferma te voy a escribir, no te quiero llamar para no encarcelar tu vida. Quiero que seas libre, pero he decidido escribirte.
    EJERCICIO 2
    INICIO
    Hoy he vuelto a ir. Es como reiniciar una máquina que ha estado mucho tiempo parada. Cuando vuelvo allí, me encuentro conmigo, soy capaz de hablarme y de llorar.
    He decidido que ya no volveré a parar, lo haré de forma regular para no echarlo de menos.
    Ahora que ya he llegado no sé dónde colocar cada cosa, no tengo ganas. Otra vez a comenzar.
    No debo olvidarlo, debo buscar un ritmo, una rutina para continuar.
    Está sonado el teléfono, estoy arriba, no sé si llegaré a cogerlo. Dígame

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    1. ¡Genial! Dos buenos textos, me gustan.
      Y ese teléfono... ¿Quién será? ¿De qué irá la llamada? Interesante...

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  3. EJERCICIO 1:
    Reescribo el inicio de Juan Salvador Gaviota.
    No muchos se alejan de orilla al adentrarse al mar, no muchos se alejan del suelo a la hora de soñar, no muchos saltan a la hora de saltar y, de igual manera, no muchos vuelan como Juan Salvador Gaviota lo hace.

    A lo lejos, el sonido de las bocinas de los barcos, los pesqueros recién zarpando para empezar su jornada y los niños corriendo y saltando emocionados por el nuevo día. Mientras, a lo lejos, se discierne una gaviota alejándose más y más del suelo hasta completamente alzar el vuelo, sus patas por fin, se alejan de cualquier superficie. La suave brisa de la mañana corre en zig-zag entre sus plumas, acariciando y dándoles la bienvenida. Hace todo esfuerzo posible; vate las alas como si de ello dependiera su vida, como si ese momento fuera el responsable de definir toda su vida futura, pasada, presente... Como si el cielo hubiera sido creado para él y él hubiera sido creado para el cielo, a lo mejor lo es, a lo mejor, ese momento es el que definió su vida, es el que definió su persona, a lo mejor, es en ese momento en el que Juan Salvador Gaviota realmente es.
    Arriba, abajo, arriba, abajo, más fuerte, más rápido, es lo único en lo que piensa mientras dirige su mirada hacia el horizonte, hacia el infinito que solo él conoce.
    Sus tripas suenan y eso devuelve su mente a la realidad, el infinito desaparece, deja de ser el rey del cielo, por poco tiempo, un día los surcará, más alto que nadie, más alto que cualquier gaviota hubiera imaginado, se dice a si mismo. Escuchando a su tripa empieza a picotear junto a las demás gaviotas que se encuentran en el puerto, las mismas que nunca se alejan de ese pues es un abastecimiento ilimitado para sus estómagos, no desean volar, no como Juan Salvador Gaviota, no sintiendo al completo el aire, rozando el mar con la punta de sus plumas, sintiendo al máximo cada una de las pequeñas gotas de la superficie, no creando ese momento eterno, esa sensación que, con tan solo una degustación, se vuelve la peor adicción jamás encontrada.

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  4. EJERCICIO 2:
    Se dice que el mal existe porque el bien existe, que el infierno existe porque el cielo existe. Pero, ¿Y si es al revés? Llamamos bueno a todo aquello “menos malo” que lo malo. Somos engañados y agradecemos aquello que no deberíamos, porque hemos vivido un infierno que parece eterno y vivimos drogados por la felicidad en un mundo plagado de dolor, siempre buscando lo que llamamos bueno, el paraíso donde no existen lágrimas, dolor y sufrimiento. No existe el cielo ni el infierno, la vida es un infierno con pequeñas ilusiones del cielo que nos hacen caer más y más en esa desesperación que rige nuestras vidas, la esperanza no es más que una piedra más con la que tropezar y volver a caer, más profundo, hasta no poder más, hasta que la perdamos y la volvamos a recuperar para poder seguir cayendo.
    Nos auto engañamos pensando que, si nos esforzamos, las cosas mejorarán. Sin embargo, no hay nada que podamos hacer que mejore el infierno de lo desconocido, las emociones humanas.
    Nuestra mente en sí es una cárcel que se dedica a torturarnos de la peor forma posible. Esta, en la que estoy, es simplemente una prolongación física de la propia. Nos concede una pizca de felicidad de vez en cuando como cuando la primera vez descubrí aquella pequeña cicatriz de la roca que lleva cargando el peso de estos cimientos por más de mil años, tan solo dejó traslucir una milésima de un fotón de luz hasta volver a cerrarse poco después o como cuando nos llega la mínima ración necesaria de pan mohoso cada tres días para mantenernos con vida. Pero, como todo, luego se nos es arrebatado, para poder agrandar el inmenso sufrimiento en el que nos encontrábamos. Nos enamoramos perdidamente para luego, cuando menos nos lo esperamos, nos arrebaten todo ese amor. ¡Que espejismo creer que alguna vez llegamos a tenerlo! Te arrebatan esa felicidad, el universo interior que pudiste reconstruir por fin, solo dos palabras fueron necesarias para derribar el mío: “se fue”. Nunca pensé que dos palabras pudieran doler tanto, que se me arrebataría todo lo que tengo en tan solo dos míseras palabras.
    Te das cuenta entonces que el verdadero paraíso, el cielo, es tan solo no poder sentir esa felicidad para no tener que sentir la agonía de perderla. El verdadero dios es aquel que reniega de su felicidad y su sufrimiento y deja de sentir hasta el punto que deja de vivir. Porque la vida es lo que llaman infierno y la única escapatoria es el tiempo.

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    1. ¡Me encanta! Muy bien escrito y además con un toque de filosofía bien interesante. Buen texto.

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  5. Inicio Blackwater original.
    La mañana del domingo de Pascua de 1919, el pueblo de Perdido, en Alabama, amaneció con un cielo despejado, de un rosa pálido y translúcido que no se reflejaba en las aguas negras que desde hacía una semana anegaban por completo el pueblo. El sol, inmenso y anaranjado, apenas asomaba por encima del pinar que había más allá de lo que en su día había sido Baptist Bottom, el barrio más bajo de Perdido. Aquel lugar, donde los negros emancipados se habían instalado hacinados en 1865, y donde seguían haciéndolo sus hijos y nietos, era ahora poco más que un amasijo de tablones, ramas de árboles y animales muertos e hinchados. Del centro de Perdido no se distinguían más que el ayuntamiento, su torre cuadrangular con un reloj en cada una de las cuatro caras, y el primer piso del Hotel Osceola. Ya solo se podía recordar el cauce que los ríos Perdido y Blackwater habían seguido hasta la semana anterior. Los mil doscientos habitantes de Perdido se habían refugiado en puntos más elevados, y entretanto el pueblo se pudría bajo una inmensa capa de agua negra y hedionda que apenas había empezado a retroceder.


    Desde el bote de remos, Oscar observaba el pueblo de Perdido, en Alabama. La destrucción era total. El río, en su crecida furiosa, había arrasado el pueblo, dejando un amasijo de casas abandonadas, animales muertos y enseres desamparados. Dirigió la mirada hacia Baptist Bottom. El agua cubría la zona más baja del pueblo, no quedaba vestigio de las casas de los negros emancipados. En realidad, el Blackwater siempre reclamaba lo que era suyo, tanto a la gente blanca, como a los habitantes de color. Oscar pensaba en su madre, Mary-Love, ella se encargaría de poner de nuevo el pueblo en funcionamiento, de eso estaba seguro.
    -Señor Oscar, no queda nada por salvar. -Musitó el hombre negro que dirigía con los remos la canoa.
    -Venga Bray, tenemos que seguir buscando.

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